Sostenibilidad y entornos virtuales: Merlina Rañi en el proyecto E-ART
Dentro del proyecto E-ART, la comisaria e investigadora Merlina Rañi nos acompaña para explorar el cruce entre sostenibilidad y entornos virtuales. Con una trayectoria que abarca los medios digitales y la divulgación científica, su trabajo funciona como una lente crítica para examinar el impacto de la abstracción tecnológica en nuestros paisajes políticos y afectivos.
Merlina Rañi (São Paulo, 1987) centra su investigación en cómo la virtualidad, el lenguaje y el aprendizaje automático vuelven a conectar con nuestra realidad física. En proyectos como Lithium Republic XYZ cuestiona los costes ecológicos ocultos de los medios digitales y reivindica la fuerza de la colaboración descentralizada.
En esta entrevista hablamos de cómo la simulación puede alimentar la «imaginación política» y de cómo las instituciones artísticas pueden avanzar hacia modelos de producción más equitativos y colectivos.
¿Cómo ves el cruce entre entornos virtuales y sostenibilidad?
Los entornos virtuales son espacios de simulación y modelado, herramientas esenciales para entender dinámicas estructurales. Entiendo la virtualidad como un marco de representación, algo que los seres humanos hacemos desde los primeros mapas (mappa mundi). En mis proyectos uso la simulación como herramienta reflexiva para alimentar la «imaginación política». Nos permite ensayar y explorar nuevas maneras de ver y de hacer, y crea el entrenamiento mental necesario para imaginar un futuro sostenible y equitativo.
¿Cuáles son tus principales proyectos en torno a la sostenibilidad y la justicia ambiental?
Codesarrollo Lithium Republic XYZ, una plataforma centrada en el «triángulo del litio» en Sudamérica. El proyecto se sitúa en el cruce de las geohumanidades y la descentralización, con un laboratorio en el metaverso y herramientas DAO (organización autónoma descentralizada). Analizamos cómo las transiciones energéticas globales están transformando la región a través del «neoextractivismo», y al mismo tiempo ponemos en valor la riqueza biológica del ecosistema. También trabajo estos temas desde las «ficciones económicas», cuestionando el poder persuasivo de las teorías económicas.
¿Cómo integras la sostenibilidad en tu práctica curatorial, tanto en los temas como en la logística?
Como comisaria trabajo en el plano colectivo, con la voluntad de reconceptualizar el «sentido común» sobre los asuntos sociales. Evalúo críticamente las herramientas artísticas: sus ciclos materiales, su toxicidad y sus relaciones de producción. En lo logístico, priorizo las exposiciones virtuales para reducir el impacto físico. Cuando hace falta una muestra física, intento crear entornos ligeros, con un procesamiento de datos mínimo, y usar materiales duraderos y reciclados; una práctica que nace de los presupuestos modestos y del ingenio de la producción sudamericana.
Los medios digitales tienen costes ecológicos ocultos. ¿Cómo abordas ese problema en tu trabajo?
Abordo la realidad material de lo digital, pero me fijo más en las «zonas de sacrificio» que genera la demanda tecnológica que en el consumo de datos. Las herramientas digitales tienen potencial emancipador, pero a menudo marginan a quienes no se organizan a través de lo digital. En cuanto a la basura electrónica, defiendo comprar menos, elegir calidad o segunda mano y tratar los residuos localmente en lugar de exportarlos a lugares como Ghana. Prefiero «apropiarme» de las herramientas antes que renunciar a ellas, y usarlas para generar conciencia sobre su propio origen.
¿Cómo impulsas prácticas sostenibles en espacios y comunidades de trabajo colaborativo?
Es difícil llegar a consensos porque los hábitos son distintos, pero la clave está en crear un espacio de discusión genuina. En lugar de imponer una mirada, aporto información y metodologías que facilitan tomar decisiones sostenibles. La sostenibilidad en la colaboración es una negociación. Al final, podemos señalar los defectos ajenos, pero el poder real está en cambiar nuestras propias conductas y en exigir acción colectiva a los gobiernos.
¿Qué papel deberían tener las instituciones artísticas en la sostenibilidad?
Las instituciones son mediadoras que dan forma a los valores sociales; tienen la responsabilidad de predicar con el ejemplo. Me inspiran especialmente las prácticas descentralizadas que cuestionan el comisariado vertical y permiten que las comunidades se apropien de los contenidos. Las instituciones deben ser autocríticas y flexibles. Su papel ideal es habilitar el discurso artístico para que la sociedad imagine alternativas, funcionando como espacios inclusivos o «refugios» que antepongan las soluciones colectivas a las dinámicas de poder tradicionales.
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