
Jessica Moroni busca con sus obras —con sus dibujos y piezas escultóricas de grandes dimensiones que a la vista resultan frágiles e inquietantes en sus formas e intensas en su cromatismo— la reconexión con la naturaleza y el entorno natural.
En Flores de Plutón, la autora crea un lugar cósmico, sin tabúes, un lugar que habla de una crisis generacional, de lo sagrado, de la fertilidad, de la sexualidad, de los ciclos, de los cambios, de la transformación personal y global. Moroni propone nuevos caminos de transformación que nos invitan a reconectarnos con la Naturaleza, la Tierra y su Cosmos desde la empatía y la consciencia, con la voluntad de despertar una reflexión colectiva.
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En períodos de crisis, en los que se navega con gran incertidumbre, la creación artística suele responder tanto a los desafíos vitales personales como colectivos. Son momentos que reflejan un cambio, un fin y un nuevo comienzo, una destrucción que da paso a una transformación y regeneración no solo de uno mismo sino también de un colectivo, tal como ocurre en la naturaleza y en sus ciclos, o en la astrología.
El ser humano es naturaleza y arte. Su ser es naturaleza y su «humano» es arte, un arte que presenta, que representa, que simboliza, que convierte el ritual cotidiano de vivir en naturaleza en un mito —pero que, con o sin arte, también puede a veces ser salvaje, destructivo, incontrolable e indómito. Mientras las personas pueden influir en la Naturaleza para bien o para mal y recibir de ella no solo sus beneficios sino la vida misma, a veces la Naturaleza se rebela contra los seres humanos —tal como, paradójicamente, la propia sociedad se rebela— y puede erosionar o condicionar el futuro de los más débiles, de las generaciones más expuestas, de quienes aún no han podido acceder o construir sus propios castillos, aunque sean de paja o de cristal.
Jessica Moroni pertenece a esa generación, que ha vivido sucesivas crisis económicas y de valores, para la que el orden social es algo ambiguo. Una generación que, por su condición precaria, se encuentra en un estado constante de incertidumbre y que busca una transformación global que comience por lo personal.
Hoy, a raíz de la desconexión de los procesos naturales de nuestros cuerpos y nuestro entorno, y de la preocupación por la conservación de la naturaleza ante el grave problema de su deterioro permanente, surge una conciencia colectiva, representada por una serie de artistas que buscan habitar la Tierra de manera más pacífica —de un modo dinámico más que estático—, reconectando con la sacralidad de la naturaleza y el entorno natural.
En Flores de Plutón, Moroni quiere hacer un pacto con la tierra. No la tierra de la Tierra, sino la tierra de Plutón, un planeta diminuto, helado y lejano —históricamente joven— que debe su nombre a Hades, el dios del inframundo, que los romanos asociaban con Dis Pater, un dios agrario y positivo, dador de toda clase de riquezas —físicas, materiales o simbólicas—, como la riqueza material, alusiva y estética de las flores. Un dios jánico que en astrología simboliza el poder espiritual y transpersonal, la regeneración y la transformación tras la destrucción.
La artista, que se mueve en una sociedad cada vez más hundida en los infiernos del antiguo mal Hades (cuyos habitantes tenían negada la posibilidad de regresar a la tierra fértil) —una sociedad de cemento, asfalto y plástico—, reclama en Flores de Plutón el planeta-símbolo Plutón, señor de las riquezas inagotables de la Tierra. Jessica Moroni busca a través de sus obras —con sus relatos cortos que narran la historia de esa generación en crisis (la suya y la nuestra), con sus dibujos y con sus piezas escultóricas a gran escala que al contemplarse resultan frágiles e inquietantes en sus formas e intensas en su cromatismo— la reconexión con la naturaleza.
La aproximación y convivencia con la naturaleza son fuentes de inspiración para la artista, y es así como —a través de un proceso íntimo en el que explora y observa las propiedades de la materia residual, tanto orgánica como inorgánica, como algo vivo que puede reciclarse— emergen estas esculturas flotantes. Moroni recoge esta materia y luego la manipula, la apropia y la repara, y estas esculturas están en continua transformación, muriendo y renaciendo, mutando y regenerándose. Formas suaves y orgánicas que se trasladan a un plano bidimensional con sus dibujos, fruto de su proceso creativo y de su interés por la morfología de organismos que comparten color, contenido y forma.
Jessica Moroni dialoga e interactúa con la Tierra, pero también con el Cosmos y el Microcosmos. Más que interesarse por la quietud o el silencio de la realidad física y metafísica absoluta, son sus procesos, sus transformaciones, sus movimientos y sus interacciones lo que trabaja.
Como, por ejemplo, los ciclos o flujos, ya sean lunares o menstruales, que dan vida real o simbólica a su obra, inspirada a su vez en formas que son símbolos de fertilidad, como el útero. La artista pone en paralelo el hecho de que la Naturaleza, por esencia, nutre, cuida y acoge al ser humano con el hecho de que la mujer (la madre) también lo cobija, alimenta y protege. Y esto la lleva al encuentro entre feminismo y ecologismo, y, en consecuencia, a las teorías ecofeministas, que redefinen quiénes somos como humanos a partir del análisis de cómo los roles de género nos determinan y cuál debería ser nuestra relación con la Naturaleza en el siglo del cambio climático y la crisis ecológica. Con ello, Moroni reflexiona no solo sobre la necesidad absoluta de mimar la Naturaleza o de poner el granito de arena, por pequeño que sea, sino también sobre cómo convertir a través del arte la naturaleza que está constantemente bajo ataque en una Naturaleza amada por los seres humanos.
En Flores de Plutón, Jessica Moroni crea un lugar cósmico, sin tabúes, un lugar que habla de una generación en crisis, de lo sagrado, de la fertilidad, de la sexualidad, de los ciclos, de los cambios, de la transformación personal y global. Moroni propone nuevos caminos de transformación que nos invitan a reconectarnos con la Naturaleza, la Tierra y su Cosmos desde la empatía y la consciencia, con la voluntad de despertar una reflexión colectiva.
Olga Sureda
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