30 de abril de 2026
Forma parte del proyecto europeo E-ART →
Manuela Valtchanova es arquitecta, investigadora y profesora. Doctora en Estética y Teoría de las Artes. Su trabajo parte de la transacción crítica entre política, espacio y afecto, con especial interés en las posibilidades de la acción directa. En su trayectoria profesional desarrolla proyectos que abordan formatos arquitectónicos y artísticos heterogéneos, entre intervenciones temporales en el espacio público y prácticas socioespaciales de colaboración y cartografía. Ha sido profesora visitante e invitada en universidades de todo el mundo y ha publicado artículos especializados y capítulos de libro, centrados sobre todo en estrategias contradisciplinares a través de la acción directa, las cartografías, la exploración encarnada y la criticidad performativa.
En esta conversación con la arquitecta, investigadora y profesora Manuela Valtchanova exploramos cómo su formación multidisciplinar en arquitectura, diseño efímero y teoría del arte alimenta una aproximación radicalmente abierta y procesual al espacio público y al compromiso ecológico. Desde sus influencias académicas y su experiencia creciendo en la Bulgaria posdictatorial hasta proyectos participativos y situados como Anarqueología de un campo, Manuela reflexiona sobre la fuerza de la acción artística como catalizador de transformación social, política y ambiental. Habla del papel crítico de la duda, la contradicción y la obsesión creativa en su práctica, y propone una visión de la sostenibilidad asentada en los gestos informales, la agencia no humana y la reimaginación colectiva del espacio. La conversación se despliega como una meditación profunda sobre cómo activar la resistencia, la imaginación y la implicación emocional a largo plazo mediante estrategias artísticas tan poéticas como políticamente comprometidas.
¿Cómo ha moldeado tu formación multidisciplinar en arquitectura, teoría y diseño tu manera de acercarte al espacio público?
Mi paso de la arquitectura a un doctorado en Teoría de las Artes vino del trabajo del comisario Martí Perán. Bajo su tutela viví un «colapso de mi zona de confort». Durante cinco años me sumergí en la filosofía del arte, un proceso que comparo con un «síndrome posbalcánico»: donde el trauma y la frustración de empujar más allá de los límites intelectuales se convierten en catalizadores de la creatividad. Esa formación me enseñó a mirar el espacio público no solo a través de sus estructuras físicas, sino de las narrativas y las tensiones ideológicas que lo definen.
¿Qué te lleva a trabajar en el cruce entre arte, activismo y urbanismo en lugar de en marcos tradicionales?
Mi motivación nace de las contradicciones profundas de haber crecido en la Bulgaria posdictatorial: recuerdos de hacer cola para el pan mientras soñaba con símbolos occidentales como Barbie o McDonald’s. Esa tensión interna me acompañó a Barcelona, donde mi experiencia vivida chocaba a menudo con las ideologías locales. Empecé a cuestionar la arquitectura como herramienta política de «higiene social». Me fascina la fenomenología del activismo: cómo intervenciones directas e informales en el espacio urbano pueden activar dinámicas sociales y políticas a las que los marcos académicos o arquitectónicos tradicionales no llegan.
¿Cómo defines la sostenibilidad desde tu práctica: ética, artística o metodológicamente?
Veo la sostenibilidad como un virus de gestos cotidianos. Se trata de cómo pequeños actos de resistencia, imaginación y deseo pueden volverse contagiosos y tener más impacto que las intervenciones de poder de arriba abajo. Metodológicamente implica «suspender el privilegio»: usar nuestra posición como profesionales creativos para activar a otros agentes. Sobre todo, exige una visión no antropocéntrica, reconocer que habitamos una red de realidades humanas y no humanas. La sostenibilidad consiste en transformar nuestro agotamiento y nuestra ansiedad colectivos en momentos de empoderamiento creativo.
¿Puedes contarnos el proyecto «Anarqueología de un campo» y su relación con la agencia comunitaria?
El proyecto se centró en un campo de golf abandonado en Sant Cugat, un lugar que representa la tensión de clase y la quietud ecológica. Decidí sacar la producción artística del museo y llevarla a ese espacio abandonado.
Acto 1 (El rebaño): usé el presupuesto del proyecto para llevar allí a un pastor y siete cabras. Rastreamos a las cabras por GPS y convertimos sus movimientos instintivos, no humanos, en composiciones sonoras. Era una forma de «hackear» los algoritmos antropocéntricos de la cartografía digital.
Acto 2 (La fiesta): organizamos un acto participativo en el que 48 personas entraron en el recinto vallado con altavoces que reproducían los sonidos generados por las cabras. Fue una forma de «deambular por placer» que reclamaba el derecho a moverse sin un fin productivo, disolviendo las fronteras sociales y la lógica de la vigilancia a través de una alegría colectiva y caótica.
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